Mar 27, 2015

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Tragedia desafía la seguridad aérea

Tragedia desafía la seguridad aérea

Aparentemente confortable, moderna y sencilla, la casa de los Lubitz parece un apacible hogar. No se destaca entre el resto de viviendas unifamiliares que componen este barrio a las afueras del pequeño pueblo alemán de Montabur. En realidad, pocas cosas sobresalen en este apartado lugar de la región de Renania-Palatinado, donde la lluvia acompaña el día a día de vidas grises y uniformes.

El retrato del paisaje es quizás el único con que el que se puede trazar un perfil de su habitante más mediático, Andreas Lubitz, el copiloto del A320 que presumiblemente decidió el pasado martes estrellar el avión que en esos momentos dirigía con otras 149 personas a bordo.

Las descripciones que se pueden recoger en su vecindario no pasan de la mera afirmación sorpresiva de estos casos. “Era un chico muy normal”, dijo uno de los lugareños que se acercaron hasta la vivienda familiar. Incluso “repartía periódicos por el barrio cuando era un niño, como tantos otros”, aseguró otro de sus vecinos en una calle perpendicular.

Lo cierto es que la policía científica empleó todo el día de ayer en buscar en el interior del inmueble alguna pista que le conduzca al motivo de una conducta patológica. También registraron un segundo apartamento que tiene en la ciudad de Dusseldorf, su base de operaciones desde que en septiembre de 2013 fue contratado por Germanwings.

Lubitz había manifestado a través de su perfil público en las redes sociales que su sueño era volar. Y desde entonces había acumulado 630 horas a los mandos de una nave.

El presidente de Lufthansa -matriz de Germanwings-, Carsten Spohr, acreditó que su currículum era ejemplar. Incluso había recibido una mención especial de la prestigiosa Federal Aviation Administration estadounidense.

Se ausentó durante un par de semanas, pero completó también todos los exámenes psicológicos a los que había sido sometido por parte de la compañía. Por tanto, la explicación al relato macabro hecho público ayer continúa en el terreno de lo desconocido.

El resultado de las investigaciones procede de las escuchas de las cajas negras. Al comienzo piloto y copiloto parecen charlar cordialmente, pero a medida que avanzan los minutos las respuestas de este último son cada vez más “lacónicas”, expresó Brice Robin, el fiscal francés que investiga el caso.

Poco antes del fatal desenlace, el comandante abandona la cabina probablemente para ir al baño. Andreas Lubitz queda al mando, bloquea la puerta y pese a los insistentes golpes de su superior, conduce en solitario el avión durante ocho minutos contra la cordillera en la que terminó hecho pedazos.

Difícil buscar una explicación racional a algo así en un pueblo anodino como Montabur. Entre sus aficiones estaban salir a correr, la música disco o jugar a los bolos. Tenía 27 años. Para los que a última hora seguían buscando un patrón psicótico de Andreas Lubitz entre sus allegados, algunos de los vecinos más cercanos colgaron un cartel de sus puertas advirtiendo que no aportarían más especulaciones gratuitas a la prensa.

En busca de respuestas

El presidente de la aerolínea Lufthansa, Carsten Spohr, dijo ayer que la compañía desconoce los motivos que llevaron al copiloto de Germanwings a provocar de forma consciente la colisión del avión. Entonces, ¿cómo explicar lo sucedido cuando el perfil de Lubitz no da pistas de un desorden mental?

Un piloto colombiano especialista en seguridad aeronáutica explicó que aunque se presentan exámenes periódicos que determinan la salud física y la estabilidad emocional, con preguntas estandarizadas y métodos conocidos mundialmente, “el problema es que uno no tiene un monitoreo permanente. El chequeo es anual para los menores de 40 y para los mayores de esa edad es cada seis meses, pero en cualquier instante puede estallar una bomba emocional”.

Las compañías brindan herramientas para que la tripulación informe sobre si está pasando por una situación emocional complicada, “pero si la persona es introvertida y siente temor a perder su empleo, es muy difícil”, dijo el experto, que considera que en el tema aeronáutico se le ha dado más prioridad a las máquinas que al componente humano.

Reto en la seguridad

La tragedia en los Alpes franceses también generó preguntas en materia de seguridad aeronáutica. La principal: ¿cómo lograr que el piloto de un avión pueda abrir la cabina desde el fuselaje, pero que un pasajero con fines terroristas no pueda hacerlo?

La cabina o “cockpit” del Airbus A320 siniestrado era inaccesible en caso de bloqueo interno de sus códigos así como lo son todos los aviones de su tipo.

La razón: tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, en los que varios terroristas suicidas lograron tomar los mandos de cuatro aviones que estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, se actualizaron los protocolos de seguridad relativos a ese compartimento.

“Antes teníamos una puerta de cabina que se abría desde fuera y desde los atentados los aviones llevan puertas de seguridad”, explicó a Efe un piloto retirado con unas 15.000 horas de vuelo y seis años de experiencia gobernando un Airbus A320, el modelo de la compañía alemana Germanwings que se estrelló el martes.

Desde el 11-S, para entrar a la cabina hay que hacer sonar un timbre. El comandante o el copiloto verifican con una cámara instalada fuera que “no hay nada extraño y accionan un interruptor para abrir la puerta”, según la fuente.

“Si se hacen varias llamadas y en la cabina no contestan al código de aviso, se puede introducir un código de emergencia y a los 30 segundos se abre la puerta automáticamente. Pero en la cabina pueden bloquear ese código” de forma que nadie pueda abrir la puerta, agregó el comandante retirado.

Los aviones de aerolíneas comerciales van equipados con un hacha y con una palanca de un metro de largo, para responder a eventuales incidentes, pero ambas herramientas viajan en la cabina.

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