El drama de Salgar que enluta al país

El drama de Salgar que enluta al país

“Uno tiene un día para nacer y otro para morir y cuando la naturaleza quiere no hay nada qué hacer”, dice Diego Tobón, un hombre de 35 años que en la tragedia de Salgar perdió a dos hermanas, tres sobrinos y dos cuñados.

Está parado a la orilla de la quebrada La Liboriana, justo en el punto donde estaba el puente que permitía el paso de un lado al otro del caserío, que prácticamente quedó borrado del mapa por la avalancha del afluente, en la madrugada del lunes.

El pueblo es un lodazal. La quebrada nunca antes se había crecido y el escenario es totalmente ajeno para los salgareños. Diego no es capaz de pronunciar más de diez palabras fluidas. La voz se le corta cada que recuerda los hechos.

“Yo estaba en la parte alta y mis hermanas y mi familia en la parte de abajo, por donde baja la quebrada. Y sentí la impotencia de no poder hacer nada mientras la quebrada se llevaba mi gente, pues eso era algo gigante”, relata. Más, porque ni siquiera la tragedia parecía anunciada. Habían pasado días de verano y en el pueblo nada hacía pensar en una avalancha. Por eso, el domingo, todos se habían acostado tranquilos.

“La quebrada se llevó a mis hermanas Marcela y Beatriz, y a todos los demás. Esta tragedia nunca la imaginé vivir, pero como le digo, no hay que maldecir, cuando a uno le llega el tiempo le llega”, dice. Y baja su cabeza y aprieta los labios. Tal vez busca respuestas que nunca jamás van a llegar.

“Eso se oía como el sonido de cinco trenes, era lo más impresionante que usted se pueda imaginar señor”, repite Raúl González Londoño, un vecino de muchos de los muertos, que hasta ayer en la tarde eran oficialmente 62. Dice que ayudó a rescatar cadáveres de gente que era conocida, con la que había compartido tardes, noches, un juego de billar. Esas cosas que se hacen en un pueblo, entre las galladas.

Milagro y muerte

Sí, gente conocida, todos con estrechos lazos familiares, pues el sitio donde más fuerte golpeó la avalancha, que fue el corregimiento Las Margaritas, es un caserío habitado por unas 350 personas. Gran parte, casi la mitad, habita en las orillas de la quebrada y de esa mitad, el afluente, furioso, se llevó la mitad.

Pero ¿cómo puede estar vivo e ileso Omar Londoño, un señor de 64 años que habita exactamente una casa al lado de otra que se llevó la avalancha? Son las cosas extrañas que suceden en las tragedias. Omar no tiene ni un rasguño, pese a que la casa vecina se la llevó la corriente, que “tenía como cinco metros de alta”, dice.

Él la sintió, la oyó, la olió y la sufrió cuando al salir a ver lo que pasaba, tras sentir una explosión, “como si se hubiera derramado la montaña”, observó que la casa donde vivían su hija y su nieta ya no existía, era ya solo recuerdos en su memoria.

“Ellas vivían solitas ahí, mi hija de 40 años, María Londoño, y mi nieta Yenny Londoño, de 18, que estudiaba y soñaba con entrar a la universidad”.

Omar se ve tranquilo. Sigue observando la quebrada, que ya baja más tranquila, pero ahora es densa, negra, más barro que agua y con un olor fuerte, a rastrojo, a lodo.

Cerca de él, María Consuelo Mejía, una señora de 68 años, llora sin parar. Pero no lo hace por lamentar la muerte de sus allegados sino por la emoción de saber que estuvo a pocos segundos o a unos pasos de haber sido arrastrada por la avalancha.

“Ay señor, yo creí que era el último día, yo vivo con mis dos hijas, Marta Lucía y María Inés, estaba con ellas cuando sentí ese estruendo tan impresionante. Ahí mismo me tiré al patio y el agua ya me llegaba a las rodillas, pero salimos corriendo, el agua dio la vuelta y volvió a salir y fue puro milagro de Dios, porque la casa vecina la arrastró entera”, relata entre sollozos.

Sin embargo, tiene otros dolores. Hay mucha gente querida por ella que falleció o está desaparecida, pues Las Margaritas es un caserío que fue poblado por familiares que se fueron regando casa tras casa a medida que cada hijo o nieto iba formando estirpe. Por eso dicen que fallecieron muchos Moncada, muchos Tobón y así sucesivamente. Por eso, un señor de nombre Esteban Roa perdió a 15 familiares, contando hermanos, tíos, sobrinos y otros. Hasta ayer, a las 4:00 p.m., le habían aparecido 7. Y en las afueras del cementerio local, donde está instalada la morgue, hacía fila junto a cientos de personas esperando noticias de sus demás familiares.

Cerca de él, María Fabiola Angarita, de 57 años, muestra una fotografía en la que aparecen su nieta Valentina Montoya Gaviria, de 11 años, y su madre y nuera Olga Azucena Gaviria, la primera ya encontrada muerta y la segunda desaparecida. Por ambas llora sin parar.

“Esa niña era mi adoración, vivían juntas hace varios años, porque a mi hijo me lo mataron, pero me mantenía pendiente de ellas, ¿quién me quita este dolor tan grande, ay Dios mío”, se preguntaba.

Pero la respuesta no llegaba. Alrededor, el bullicio de cientos de personas desesperadas preguntando por sus familiares, pues al acabar la tarde en esa morgue, frente a la que tantos hacían fila, ya habían llegado 58 cadáveres.

La Liboriana siempre estuvo tranquila. A pesar de que en los últimos días había insinuado comportamientos fuera de lo normal, afirmó el padre Rubén López, uno de los vicarios de la parroquia San Juan Evangelista, de Salgar, nada que pudiera causar alarma.

Pero el lunes al amanecer, tal vez a las 3:30 o a las 2:30, pocos coinciden en la hora, el afluente desató toda su furia y se vino sobre aquellos que habían llegado a habitar en sus orillas, las comunidades de las veredas El Mango, La Habana y La Liboriana, del corregimiento Las Margaritas, para sembrar la muerte y la desolación

FUENTE EL COLOMBIANO

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