Nov 12, 2014

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Armero: 29 años después y el dolor sigue intacto

Recorrimos las ruinas del viejo Armero, un terreno hoy estéril y desolado. Los turistas llegan preguntando por la tumba de Omaira y la cruz del Papa.

A las 11 de la noche del miércoles 13 de noviembre de 1985 un muchacho corre por la calle principal del pueblo gritando: Armero se acabó, Armero se acabó. Hilda Pedroza lo escuchó y ella también empezó a correr, sin rumbo. El recuerdo es nítido: Hilda y su pequeño hijo Ricardo Andrés Cárdenas tratan de subirse a un lavamanos para alcanzar el techo de una casa cualquiera, mientras un hombre rompe las tejas, pero la avalancha viene y el tiempo se acaba. Se acabó.

Hilda grita, pide misericordia: ¡que la Virgen Santísima y todos los Santos me salven y salven a mi hijo, que los ángeles me salven! Otro grito agudo que nadie escuchó y otro y otro, ¡que la virgencita nos salve y salve a Ricardo! Hasta que una bocanada de lodo la calló y Ricardo, el pequeño de cinco años, desapareció.

Han pasado 29 años y Ricardo ya debe ser un hombre. Nadie sabe dónde está. Ya son 29 años en que Hilda cuenta esta historia. Igualita. Siempre llora. Se desvanece y se silencia. Dice que el día en que la cuente sin llorar, en que no tartamudee, es porque la distancia dejó de doler y, la verdad, ese mismo dolor es el que la mantiene viva. 29 años y hoy Armero —tu Armero, Ricardo— es un potrero de cerca de 400 kilómetros cuadrados, un lugar al que muchos van de turismo, caminan sin llorar tus muertos, otros llegan buscando a Omaira, se inclinan, se persignan, y otros, como Hilda, van y lloran sus vivos.

En la Alcaldía la historia la escribieron así, a secas: “Armero fue una ciudad floreciente, despensa agrícola y comercial hasta el 13 de noviembre de 1985 en horas cercanas a la media noche, ya que se produjo un movimiento masivo, inducido por la actividad del volcán Nevado del Ruiz, el cual causó cerca de 21.000 muertos. Era conocida como la Ciudad Blanca por considerarse la capital algodonera del Tolima. La población para 1985 podría ascender a los 30.776 habitantes. Por ordenanza, el 13 de noviembre de 1986, se fija a Guayabal como cabecera del municipio de Armero”. Y con esta ordenanza, Armero el viejo dejó de existir.

Los muertos anónimos 
Un hombre, que dice llamarse “el guía”, aparece en medio de una carretera que se pierde entre la maleza. Está inquieto. Sudoroso. Piensa que soy turista porque me pregunta que si quiero ver la tumba de Omaira Sánchez —la niña de 13 años que murió frente a las cámaras de televisión— y dice que él sabe dónde está y que me puede llevar. Le digo que gracias, pero que lo que quiero saber es por qué en el museo —en la entrada del pueblo hay un letrero en una pequeña casa que dice “museo”— no hay piezas de museo. El hombre sonríe y dice: “mujer, esto aquí está abandonado, hay unas pocas fotografías y de resto en el museo puede conseguir manillas, aretes y mochilas, pero aquí, museo no hay. Pero venga, venga, la llevo a la tumba de Omaira”.

Y Omaira, entonces, aparece como si la tragedia se condensará en ella. No hay más muertos. Los otros 20.000 murieron dos veces: una vez con la avalancha y otra vez en el anonimato. No hay más. El guía habla de Omaira y Omaira. Los turistas caminan en silencio, en peregrinación, hacia la tumba de Omaira.

Allí, Luz Estela González, desde hace cuatro años vende la historia de la niña, que deja ver en un pequeño computador. “Hay gente que no conoce la historia y por eso me compran el CD. La vendemos completa y tenemos otro CD más nuevo en el que muestran la erupción del volcán, los cultivos, el mapa, la llegada del Papa y a la niña Omaira. ¿Quiere comprarlo?”, me pregunta Estela, mientras en el computador se ve a Omaira muriéndose, despidiéndose de sus papás, diciendo que los quiere mucho.

Lo que pocos saben, es que a unos 500 metros de ahí están los otros muertos de Armero. El cementerio. Completamente solo. No hay vendedores. No hay ninguna historia, ni cidís por vender, ni peregrinos. Entre las tumbas se iza un ángel triste. Un ángel azul que ilumina este pedazo de tierra estéril al que lentamente se lo traga la maleza. Comenzamos a caminarlo tan despacio que los pasos retumban y lo único que se oye es un tasss tasss que incomoda, que asusta. Y empiezan a aparecer los nombres de los muertos que hoy nadie llora. También se ve un par de huesos, un cráneo, un altar de una iglesia que fue. Un cementerio sin llanto, sin flores.

Más allá de esto, Armero es un potrero, con vacas y toros. No se ve más que maleza y a algunos turistas afanados. Y un guía sudoroso, inquieto, que resumió la historia de Armero en la muerte de Omaira y llegada del Papa Juan Pablo II.

Los niños perdidos
Francisco González, director de la Fundación Armando Armero, el hombre que ha dedicado su vida a que Armero no solo sea noticia en noviembre, dice lo mismo, pero con diplomacia. “Hoy la naturaleza cubre de verde el territorio que fue arrasado por la avalancha y el Estado cubre de silencio todas las acciones que ha debido hacer y que no hace. Y sí, hoy Armero está lleno de vacas, eso es cierto. No hay un control de parte de las autoridades locales”.

Le pregunto por Omaira y por el museo que no existe y responde con contundencia: “¡Armero no es solo Omaira!. Ella es apenas una pieza mediática de la tragedia y hay otros asuntos para contar”. Silencio. Del museo dice que no, que no hay museo. “Desde hace diez años recuperamos la memoria histórica del municipio y entonces comenzamos a contar nuestras historias y a realizar una intervención en el lugar con unas vallas que han generado un incipiente turismo cultural. Pero hace dos años el paro cafetero arrasó con la mitad de las vallas, las utilizaron para hacer barricadas y quedamos en las mismas”.

Describe que más allá de eso —que se puede solucionar con aportes económicos— el proyecto insignia de la Fundación son los niños perdidos de Armero. Más que un proyecto, es un sueño que lanzaron a finales de 2012.

“Al día de hoy tenemos 223 casos registrados de niños que se desaparecieron durante la tragedia y que nadie sabía. Se cree que los niños están en Colombia, en Holanda o en Italia. Hoy esos niños son adultos. Hemos pedido la ayuda del ICBF pero no ha sido como se esperaba”, explica Francisco.

Aquí es donde está Hilda. Buscando a Ricardo. Extrañándolo. Llorándolo.

Le digo a Hilda que me cuente qué ha pasado con su vida en estos 29 años de esa ausencia prolongada y responde: “¡Sobrevivir!. Siento tristeza en el alma porque este es el momento en que todavía no he encontrado a mi hijo, a Ricardo. La verdad es que de ahí a más, nada: luchar, seguir viviendo y seguir trabajando”.

El recuerdo es intacto: A los cinco años Ricardo era un niño de sonrisa fácil y con los dientes desordenados. Cabello negro y abundante. En la fotografía —borrosa— aparece de camiseta rosada. No era capaz de pronunciar que tenía cinco años, no, Ricardo se comía la “s” y ese recuerdo hoy, hace feliz a Hilda que se ríe sin gracia.

Y entonces la historia vuelve a empezar, justo ahí, cuando Ricardo e Hilda corrían de la mano, angustiados, pero juntos.

“A las 11 de la noche se fue la luz y ahí fue cuando mi hermana me llamó a decirme que Armero estaba en peligro. Se cortó la llamada y ya venía eso (la avalancha) a taparnos. Eso era una masa inmensamente negra y empecé a correr para una casa que estaba abierta y me entré al patio, me subí encima de un lavamanos con mi hijo y lo levanté sobre una pared y un muchacho que venía corriendo gritaba: Armero se acabó, Armero se acabó. Luego llegó eso (la avalancha) y partió la pared. Todavía tenía al niño agarrado de la mano, teníamos entrelazados los dedos. Ese fue mi último contacto físico con él. El niño lo rescató un hombre y a mí me sacaron de la lava el sábado a las 5 de la tarde. Me llevaron a Ibagué y nunca más supe de mi hijo hasta que lo vi en unos videos. ¡Y empezamos la lucha! De un lado a otro buscándolo. Esta es la hora en que no sé dónde está”, dice Hilda, quien a esta altura del relato, llora mucho, mucho.

Para Hilda esta es una fecha de dolor y por eso hay que decir, que durante toda la entrevista lloró. “Gracias por no olvidar. Estas cosas hay que volverlas a pasar por el corazón y seguir la lucha. La esperanza sigue ahí, tal vez Ricardo lea esta nota y pueda llamarme, que le digan que hoy vivo en Pereira y que el dolor es el mismo”.

 

FUENTE: EL COLOMBIANO

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